DEl modo que aprendieron...

domingo, 11 de diciembre de 2011

Este fortísimo artículo tomado del Blog de Iván García y sus amigos y escrito por Luis Cino nos presenta sin tapujos la realidad que muchas veces no se quiere tener en cuenta y se suele pasar por alto a la hora de analizar el comportamientos de los emigrados cubanos o incluso de los "opositores" o simplemente de cualquiera que de una opinión contraria al gobierno y ya por eso damos por sentados que es un "anticastrista nato".
Creo firmemente que se le da en la costura al problema.



En una encuesta realizada hace varios meses a 110 asistentes a un debate de la revista Temas sobre el Período Especial, 80% de las respuestas consideraron que además de su desastroso impacto en la economía, constituyó “una crisis de valores éticos”. La mayoría de los que opinaron así eran mayores de 35 años. El 50% de los menores de esa edad no tuvo en cuenta la repercusión ética del Período Especial en la población cubana.

Es lógico que no hayan reparado demasiado en ello. Los que hoy son jóvenes, nacieron o pasaron su niñez entre las colas para conseguir comida, los apagones, las guaguas que no pasaban, las jineteras que buscaban un “yuma” que las sacara del país, la gente que se lanzaba al mar en cualquier artefacto que flotara .

Vieron a sus padres dejar sus trabajos porque lo que les pagaban no alcanzaba ni para mal comer y buscar otro empleo donde hubiera “búsqueda” -ese piadoso eufemismo para el robo al estado.

Mientras buscaban la forma de mantener a su familia a como diera lugar, evadían al jefe de sector y los chivatos del CDR, jugaban números en la bolita que por obligación nunca salían, maldecían su suerte y buscaban refugio en los santos que no escuchaban y el alcohol que poco a poco los mataba.

Algunos muchachos tuvieron que virar la cara cuando vieron prostituirse a sus madres y sus hermanas. Comprendieron lo adecuado de no preguntar jamás de donde salía lo que había en la mesa o la ropa de marca que le regalaban en su cumpleaños. Es duro saber que mamá puso a putear a su hija -que es tu hermana- o aceptó sin cuestionamientos su dinero para reparar la casa.

Pero entonces, piadosamente, putear dejó de ser eso para convertirse en “luchar”, que también podía ser sinónimo de carterear, estafar en el juego de las chapitas o vender marihuana. Y así muchos, convertidos en sinvergüenzas todo terreno, se ahorraron los complejos de todo tipo y los remordimientos.

Esas historias deprimentes se repetían entre los menos afortunados, que eran la mayoría. Los hijos de papá sufrían menos experiencias desagradables. A ellos llegaban, si acaso, sólo las anécdotas de sus compañeritos de la escuela, que andaban con los zapatos rotos y sólo tenían para merendar, a la hora del receso, pan con aceite (si había aceite) y agua con azúcar.

Como vivían rodeados de varias morales, los muchachos decidieron finalmente hacer lo mismo que sus papás: vivir sin ninguna. Así, aprendieron temprano a simular y perder los escrúpulos. No tuvieron otra opción que sumarse al sálvese el que pueda. Para ellos, fue natural hacer lo que observaron desde la cuna. Pero lo hicieron sin las limitaciones que frenaban a sus padres, que tanto teque tuvieron que escuchar y apariencias que guardar.

A los jóvenes de ahora mismo, cínicos y descreídos como son, no se les puede venir con teques. No hace falta. Si no son buenos simuladores, basta con que obedezcan. Y si se atreven a chistar, que no sea demasiado alto.

En Cuba la nueva generación es cada vez más diversa y compleja. Una parte de ella es instruida y calificada. La otra vive al borde de la marginalidad o está de cabeza metida en ella. Pero todos tienen mayores expectativas que sus mayores y reclaman nuevos derechos -libertades públicas, trabajos mejor remunerados, más calidad de vida, más comunicación con el mundo- que el régimen es incapaz de concederles porque iría contra su propia supervivencia.

Ellos se las arreglan para lograr esos derechos: con una balsa o una visa norteamericana del bombo, un amante extranjero, un empleo en una empresa de capital mixto o en el turismo, una carta de invitación, un trabajo por cuenta propia, una paladar, un pariente en el exterior que les envíe dólares, un libro o un disco bien editado, una obra de arte bien vendida… De cualquier forma que no implique un choque frontal con el régimen, porque le temen más a la llamada de los segurosos en la puerta que a los tiburones del Estrecho de la Florida.

Estos hijos y nietos de la revolución protagonizarán la transformación post-totalitaria de la sociedad cubana. Sólo que lo harán -de hecho, ya lo hacen- de la forma que aprendieron. Y eso no es exactamente una buena noticia. Digo, al menos para los que soñamos con un país decente.

Luis Cino

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